Siempre me gustó mucho escribir. No tenía demasiado talento, nunca gané ningún concurso ni publiqué ningún libro, pero mis hijos adoraban mis cuentos y eso era suficiente para mí. Eso era lo que hacía mejor: escribir cuentos. Solía dedicarle la mayor parte de mi tiempo libre, y realmente lo disfrutaba, aunque algunos de mis amigos encontraban un poco extraño el hecho de que prefiriera inventar cuentos a mirar fútbol. A mi familia no le importaba, sabían que era algo que yo necesitaba hacer, que me relajaba y disolvía todas mis preocupaciones.
Desde pequeño sentí una fuerte conexión con la literatura. Devoraba decenas de libros en mi tiempo libre, imaginado que era alguno de los personajes de mis historias favoritas. Admiraba mucho a los escritores que creaban esos mundos tan maravillosos, y soñaba con convertirme en uno de ellos. Cuando crecí un poco más descubrí mi pasión por escribir, y a pesar de que nunca tuve éxito, siempre seguí disfrutando el poder crear mis propios mundos.
Me gustaba mucho desarrollar a los personajes. Inventarles sus vidas, historias, formas de ser. Hacer que sean felices o que sufran, acabar sus existencias con un simple punto final. A veces me preguntaba si ellos sospechan hasta qué punto dependen de sus autores. ¿Sabrían ellos que son simplemente la invención de otra persona, que sus vidas son sólo partes de una historia? Sé que esas ideas suenan algo extrañas, pero de hecho no era difícil hacer que mis personajes tuvieran esas sospechas: bastaba con escribirlo. Se me ocurrió que no era una mala idea, podría crear un buen cuento con esas reflexiones.
El día en el que comencé a trabajar en esa historia fue el último en mi vida en el que pude dormir con tranquilidad.
Ese simple pensamiento, al principio tan absurdo, se apoderó de mi mente hasta el punto en que no podía pensar en otra cosa. Mientras más lo analizaba, más me horrorizaba. Mi familia no lograba entender por qué había dejado de escribir tan repentinamente, pero el solo hecho de pensar en cuentos me desesperaba, me enloquecía. En algunos momentos pensaba en contárselo a alguien, pero me di cuenta de que no tenía sentido. Nadie iba a creerme, nadie lograría entenderlo.
No tardé en darme cuenta de que mis sospechas eran ciertas, sin lugar a dudas. Y sufrí y lloré al darme cuenta de que no había nada que yo pudiera hacer para cambiarlo. Pero, sobre todo, la odié. La odié como jamás pensé que podría odiar a alguien. Odié a esa persona que, en algún lugar, estaba haciéndome pasar por ese horrible sufrimiento. Y lo peor era que sabía que ese odio ni siquiera había sido mi decisión. Nada, nunca, había sido mi decisión. Yo era una simple parte de su mente, completamente vulnerable a sus decisiones. Cuando era pequeño me gustaba fingir que era el personaje de alguno de mis cuentos favoritos, ahora me doy cuenta de todo lo que eso implica.
Lo que más me aterraba era saber que todo, absolutamente todo, podía terminarse con un simple punto final.